Aquí comienza todo. Antes del primer disparo, del primer estallido de violencia, incluso antes del discurso inflamatorio, se activa una operación silenciosa pero decisiva:
Ninguna estructura de poder se sostiene sin atribuir a otro la representación del caos, la amenaza o la impureza.
A lo largo de la historia, los conflictos han sido legitimados mediante narrativas que apelan a la defensa, la identidad nacional, la integridad territorial o la salvaguarda de una moral superior. La Ilíada exalta la cólera de Aquiles, pero evita cuestionar la sinrazón del enfrentamiento. La cruzada jamás consideró la humanidad del infiel. La Gran Guerra, moderna en armamento, pero arcaica en fundamentos, arrastró a millones al abismo bajo tratados firmados en salones lejanos.
Las justificaciones oficiales varían: religión, nación, justicia, etnia, color, venganza, seguridad anticipada.
A pesar de su diversidad aparente, todas comparten un mismo eje: la disolución de la responsabilidad moral. La muerte rara vez responde a una orden directa; emerge, más bien, de una construcción previa que modela la percepción colectiva. Antes de que se dicte un mandato, ya se ha consolidado la imagen del enemigo y se ha sedimentado la narrativa que todo lo reduce a una confrontación ineludible: él o tú, sus hijos o los tuyos, su madre o la tuya. Esta dicotomía arraigada transforma la violencia en obligación y convierte el asesinato en un acto fundacional de pertenencia.
Se muere como consecuencia de una arquitectura simbólica diseñada para exaltar el exterminio como virtud.
La figura del adversario ha sido fundamental en la arquitectura del dominio. La fabricación del enemigo responde a estrategias de cohesión interna, validación del poder y administración del miedo. Ninguna élite ha persistido sin una amenaza visible. En este contexto, la hostilidad no nace del impulso espontáneo: se planifica cuidadosamente. Es una elaboración deliberada que precede al conflicto y le otorga legitimidad desde sus cimientos ideológicos.

Conceptualización
La figura del enemigo funciona como un arquetipo fundamental del inconsciente colectivo, representando la Sombra (oscuridad interior no reconocida) o fuerzas externas que amenazan el orden y el yo. Actúa como antagonista que reta al héroe, impulsando la evolución personal, la lucha por la justicia y el enfrentamiento con miedos ocultos.
La figura del enemigo actúa como un prototipo o construcción social y psicológica diseñada para deshumanizar al "otro", simplificando la complejidad humana en una amenaza única y malvada. Este estereotipo, a menudo creado para cohesionar a un grupo contra un peligro común, se basa en prejuicios y miedos, facilitando la justificación de la violencia o el control social.
Este arquetipo simplificado es una herramienta poderosa en la narrativa política y social, utilizado para estructurar las relaciones amigo-enemigo y mantener el orden a través del miedo.
Tanto las democracias como los regímenes autoritarios han perfeccionado esa ingeniería de la alteridad. Se diseña una figura odiosa y perturbadora, que luego se introduce con sutileza en el imaginario social hasta que su existencia resulta incuestionable. Esa figura cumple una función estructural: permite unificar voluntades, legitimar medidas represivas y canalizar las frustraciones colectivas. Así se fabrica al enemigo: no por lo que es, sino por lo que representa dentro del discurso dominante.
El proceso es meticuloso: primero se identifica al distinto, luego se lo reduce a una categoría abstracta y, finalmente, se le asigna una culpa. El otro deja de ser individuo; se convierte en símbolo, en encarnación del mal, en agente del desorden. Pierde el rostro, la voz, la biografía. Queda despojado de humanidad. Y, por tanto, puede ser eliminado.
Los dirigentes, tanto civiles como militares, requieren enemigos, igual que los imperios requieren fronteras: les permiten definir identidades, ejercer control sin justificación y consolidar su hegemonía. En tiempos de paz, emergen los déficits estructurales; en tiempos de guerra, todo se absuelve: la miseria, la corrupción, la mentira.
La guerra, en su expresión más sombría, revela la capacidad del ser humano para suspender sus principios éticos cuando una figura de autoridad le indica a quién temer, a quién culpar y a quién destruir. El ejecutor funcional, protegido por jerarquías, consignas y legalismos, se convence de que su crimen se desvanece frente al del adversario. Así se articula la lógica del indiferente: no se niega la atrocidad, se justifica. La frase se repite hasta la saciedad: “El otro también lo hizo”. Como si la sangre derramada por otros pudiera absolver la propia.
En la retórica contemporánea, este mecanismo ha sido bautizado con un nombre tan burdo como devastador: el “y tú más”. Una fórmula que actúa como coartada ética para encubrir la propia degradación moral. Robar, mentir o aniquilar se vuelve admisible si se prueba que el adversario lo hizo en mayor proporción. Se instala así una contabilidad perversa, una ética cuantitativa que disuelve la culpa en comparaciones mediocres. El ciudadano, reducido a espectador de injurias recíprocas, queda atrapado en una lógica de equivalencias tramposas que subestiman su capacidad de discernimiento y anulan su derecho a exigir integridad y verdad.
¿Cómo sostener éticamente que alguien deba morir por una ideología que jamás escogió, en nombre de un conflicto que desconoce, ejecutado por otro que también ignora las raíces profundas del enfrentamiento?
El verdadero estrago de la guerra se manifiesta en la renuncia colectiva a examinar los mecanismos que la perpetúan. Más allá de las ruinas físicas y los cuerpos inertes, el daño más profundo se inscribe en el ámbito moral, donde se instala una pedagogía insidiosa que convierte la destrucción en hábito y el asesinato en práctica cívica. La tragedia se arraiga en esa enseñanza maliciosa que transmite, generación tras generación, que matar puede ser deber, morir puede ser honra y devastar puede representar una victoria.
Frente a esta maquinaria perfectamente ensamblada de legitimación de la violencia, solo queda contemplar con claridad la brutalidad de sus engranajes: la fábrica del enemigo no cesa. Se alimenta del miedo, se afianza en el silencio y se perpetúa por la costumbre.
Esa muerte —engendrada en retóricas sofisticadas o en impulsos viscerales de odio— asciende como un rito sacrificial hasta los más altos estamentos del poder. Matar, asesinar, exterminar, extinguir: verbos entonados con solemnidad desde tribunas oficiales, mientras los cuerpos anónimos, privados de historia y de epitafio, se disuelven en el lodo.
Y mientras exista quien construya enemigos, no dejará de haber quien dispare sin comprender por qué.
Caracteristicas
Deshumanización: La imagen del enemigo vacía de contenido humano al oponente, retratándolo como pura voluntad de daño, lo que permite ignorar su sufrimiento.
Creación y Propósito: Líderes y Estados suelen crear o engrandecer enemigos para fomentar la unión interna, justificar gastos militares y ejercer control social, a menudo basándose en una narrativa de "relato único".
Mecanismos Cognitivos: Se utilizan estereotipos y prejuicios para reducir la complejidad, facilitando el rechazo hacia un colectivo.
Enemigo Interno/Externo: A menudo se caracteriza al enemigo como el "no-amigo" o el "otro" que amenaza la identidad del grupo. En psicología, también existe la noción de enemigo interno, que representa patrones de pensamiento que sabotean el bienestar.
Evolución: Históricamente, la figura del enemigo ha evolucionado, pasando de ser una función a convertirse en una entidad autónoma, como en el caso del "diablo" en la cultura occidental.
Tipología
La Sombra (Jung): No es solo un enemigo externo, sino la personificación de nuestros aspectos reprimidos, inaceptables o "monstruosos" que proyectamos en otros.
El Villano/Antagonista: Es la forma clásica que frustra los objetivos del protagonista. Un gran villano representa un reflejo distorsionado del héroe o una amenaza a valores superiores.
El Destructor: Encarna el caos puro, la violencia instintiva y el ímpetu incontrolable que arrasa sin distinción, similar al dios Ares.
El Enemigo Interno/El Diablo: Representa la voz interna que rechaza el sufrimiento, funcionando como una Némesis que obliga al reconocimiento de la propia sombra.
El Embaucador (Trickster): A veces actúa como enemigo, subvirtiendo el orden y cuestionando las normas establecidas.
Este arquetipo es esencial para definir la identidad del héroe y la estructura de la narrativa, marcando la diferencia entre el bien y el mal.
La necesidad de un enemigo para la identidad colectiva
Un viejo ensayo de Umberto Eco inicia recordando la extrañeza de un taxista que le preguntó: “¿Cuáles son sus enemigos históricos?” al enterarse de que Eco era italiano. La anécdota ilustra una intuición fundamental: toda sociedad –y, en cierto sentido, toda identidad grupal– tiende a definirse en oposición a un otro. Como señala Eco, “tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para… mostrar nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo” (Eco, 2012, p. 15). La figura del enemigo cumple una función psicológica y social: provee un punto de comparación frente al cual un grupo refuerza sus lazos internos y su sentido de propósito. En la historia, líderes y naciones han aprovechado esta necesidad casi existencial de un adversario para unir a su pueblo contra una amenaza común, real o imaginada.
Ahora bien, fabricar un enemigo no implica necesariamente inventarlo desde cero; a veces supone magnificar diferencias culturales, políticas o étnicas preexistentes y presentarlas como peligrosas. Otras veces implica crear chivos expiatorios ante crisis sociales, atribuyendo a ciertos grupos la culpa de los males colectivos. El resultado es una construcción discursiva: se elabora una imagen del enemigo con rasgos estereotipados y deshumanizados que facilitan su rechazo. Según la investigadora Alicia Barbero, la imagen del enemigo puede definirse de forma simplificada como el proceso por el cual, al sentir que otra persona o grupo amenaza nuestras necesidades o valores, comenzamos a verlo de forma distorsionada, lo que nos lleva a discriminarlo, excluirlo e incluso eliminarlo (Barbero et al., 2006, p. 3):
“De forma simplificada podemos definir la imagen del enemigo como aquel proceso que, por el hecho de sentir que una persona o un grupo de personas diferentes amenazan nuestras necesidades y valores, nos hace verlos de forma distorsionada y nos lleva a discriminarlos, excluirlos, o incluso eliminarlos.” (Barbero et al., 2006, p. 3)
En esta construcción intervienen componentes emocionales y cognitivos. El miedo, la ira y el odio son emociones frecuentes dirigidas hacia ese “otro” percibido como enemigo. A nivel cognitivo, operan estereotipos y prejuicios: generalizaciones negativas que simplifican a todo un colectivo. Esta dinámica ha sido descrita por la escritora Chimamanda Ngozi Adichie en su concepto del relato único. Adichie advierte que “el relato único crea estereotipos, y el problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos” (Adichie, 2009, p. 5). Dicho de otro modo, cuando solo escuchamos una historia –generalmente negativa– acerca de un grupo humano, perdemos de vista su complejidad y diversidad. La consecuencia, señala Adichie, es grave: “priva a las personas de su dignidad” y “nos dificulta reconocer nuestra común humanidad”. Al enfatizar únicamente aquello que nos diferencia y nos separa, el relato único sienta las bases para ver a ese otro grupo como menos humano o incluso como una amenaza esencial.
Miedo, fobopolítica y construcción del enemigo
El miedo es una emoción primordial en el proceso de fabricación del enemigo. Un grupo percibido con recelo pronto se convierte en foco de temor colectivo. En contextos de inestabilidad, es común que autoridades políticas canalicen temores difusos hacia un blanco concreto. La investigadora Alexandra Agudelo López ha conceptualizado la fobopolítica como la forma de gobierno basada en explotar sistemáticamente el miedo con fines de control social (Agudelo, 2020, p. 201). En su estudio, Agudelo retoma la figura mitológica de Fobos (dios del miedo) para describir cómo algunos gobiernos contemporáneos utilizan narrativas de terror para legitimar sus acciones. La lógica es clara: para gobernar mediante el miedo se necesita identificar (o inventar) enemigos que justifiquen medidas excepcionales. Como señala la autora, la estrategia pasa por “provocar el mayor miedo posible en el enemigo; lo que implica… la revelación de un enemigo común que justifique toda guerra o la creación de enemigos en todas partes” (Agudelo, 2020, p. 202). En otras palabras, la gubernamentalidad del miedo fabrica imágenes de amenaza ubicua: si no hay un enemigo evidente a la mano, se construyen múltiples enemigos difusos, generando en la población una constante solicitud angustiosa de seguridad y protección a cualquier costo.
La seguridad nacional y la seguridad ciudadana se convierten entonces en ejes centrales del discurso político, muchas veces a expensas de libertades civiles. La sociología del miedo ha mostrado que una sociedad asustada tiende a aceptar la vigilancia masiva y el autoritarismo con tal de sentirse a salvo. El sociólogo Zygmunt Bauman advertía que en una cultura de vigilancia, todos terminamos colaborando en identificar amenazas: “todos necesitamos designar a los enemigos de la seguridad para evitar ser considerados parte de ellos… necesitamos confiar en la eficacia de los dispositivos de vigilancia para creer que las criaturas decentes que somos saldrán ilesas” (Bauman & Lyon, 2013, citado en Agudelo, 2020, p. 184). Esta mentalidad refuerza un círculo vicioso: el miedo alimenta la sospecha, la sospecha fabrica enemigos internos y externos, y esos enemigos –reales o no– realimentan el miedo.
El fenómeno ha sido especialmente evidente tras eventos traumáticos como ataques terroristas. Por ejemplo, después del fin de la Guerra Fría –cuando desapareció el “gran enemigo soviético”– Estados Unidos vivió lo que Eco describe irónicamente como un peligro de pérdida de identidad nacional. La ausencia de un enemigo externo claro dejó un vacío prontamente llenado por nuevas amenazas. Tras el 11 de septiembre de 2001, la figura difusa del terrorista internacional ocupó ese lugar, desencadenando la llamada “Guerra contra el Terror”. Se construyó un enemigo global –el terrorismo islamista– que justificó guerras en el extranjero, políticas de seguridad extremas y un endurecimiento de controles internos. El miedo al terrorismo, amplificado mediáticamente, llevó a amplios sectores de la ciudadanía a aceptar medidas antes impensables, desde invasiones militares hasta vigilancia electrónica masiva, bajo la promesa de protección. Aquí vemos cómo la fobopolítica opera tanto en regímenes autoritarios como en democracias: el discurso del miedo unifica a la población frente a un enemigo omnipresente y diluye las fronteras entre la guerra externa y la represión interna.
El enemigo interno: estigma y control socialo
No solo las amenazas externas cohesionan identidades; también la noción de enemigo interno ha sido recurrente en la historia geopolítica, particularmente en América Latina. Durante las décadas de 1960 y 1970, la Doctrina de la Seguridad Nacional promovida en varios países latinoamericanos estableció que la subversión interna –es decir, los opositores políticos, líderes sociales o cualquiera con ideas “extremistas”– debía considerarse una amenaza equiparable a un enemigo en guerra.
La construcción del enemigo interno frecuentemente se dirige contra grupos vulnerables o minoritarios, presentándolos como peligros ocultos para la sociedad. Un caso extremo de esta lógica es el concepto de juvenicidio analizado por José Manuel Valenzuela (2019) al estudiar la violencia sistemática contra jóvenes pobres en América Latina. Valenzuela observa que, bajo imaginarios sociales racistas y clasistas, “las prácticas genocidas se realizan contra un enemigo interno: los jóvenes”, especialmente aquellos de sectores marginados (Valenzuela, 2019, p. 64). En países como Brasil, se ha llegado a hablar de un genocidio de la juventud afrodescendiente, donde fuerzas policiales y parapoliciales tratan a los jóvenes de favelas como enemigos a exterminar. Estas prácticas son sostenidas por estereotipos que asocian juventud, pobreza y criminalidad, reforzados a su vez por un racismo institucional. El resultado es trágico: una generación entera es despojada de su condición de ciudadanos y reducida a la categoría de amenaza. La narrativa del “enemigo interno” aquí se ensaña con los jóvenes pobres de la región para encubrir problemas estructurales como la desigualdad, la falta de oportunidades o la corrupción. En lugar de abordar esas raíces, el discurso público señala a la juventud marginada como causante de la inseguridad, legitimando tácticas de mano dura e incluso ejecuciones extrajudiciales en nombre del orden.
Otra manifestación de este fenómeno es la criminalización de la protesta social. En regímenes autoritarios (y aun en democracias debilitadas), es habitual que se etiquete a manifestantes, sindicalistas o líderes comunitarios como “agitadores”, “terroristas” o enemigos internos instigados por fuerzas foráneas. Esta retórica deslegitima las reivindicaciones sociales presentándolas como parte de una conspiración contra la patria. Por ejemplo, durante el estallido social en Chile (2019) o en Colombia (2021), algunas voces desde el poder calificaron a los protestantes como “vándalos” asociados a movimientos subversivos, desviando la atención de las causas legítimas de las protestas (desigualdad, pobreza, abuso policial) hacia un supuesto plan orquestado por enemigos de la nación. Al encuadrar el conflicto en términos bélicos –ciudadanos leales versus enemigos internos–, se busca justificar el uso de la fuerza y la suspensión del diálogo. Nuevamente vemos cómo la fabricación del enemigo sirve para cohesionar a un “nosotros” gobernante contra un “ellos” disidente, erosionando el espacio de la deliberación democrática.
Narrativas mediáticas y estereotipos: el peligro de la historia única
Los medios de comunicación juegan un rol crucial en la construcción (o deconstrucción) del enemigo. A través de discursos repetitivos y simplificados, pueden afianzar en el imaginario colectivo la asociación de ciertos grupos con peligros específicos. Un ejemplo claro es la narrativización de la inmigración en distintos países. En épocas recientes, partidos y líderes populistas en Europa y Estados Unidos han utilizado el miedo al inmigrante –pintado como criminal, terrorista o usurpador de empleos– para obtener rédito político. Al focalizar casos aislados de delito o enfatizar las diferencias culturales, los medios sensacionalistas contribuyen a un relato único donde el inmigrante se convierte en el enemigo culpable de los males sociales. Este relato omite deliberadamente las contribuciones positivas de la migración y las historias individuales de los migrantes, presentando en cambio una masa indistinguible y amenazante. El efecto de tal estereotipación ha sido documentado: crece la xenofobia, se normalizan discursos de odio y se abren paso políticas restrictivas que muchas veces vulneran derechos humanos básicos.
Adichie lo expresó con lucidez: “enfatiza en qué nos diferenciamos en lugar de en qué nos parecemos”. Cuando la cobertura mediática solo muestra a un grupo en su faceta negativa –por ejemplo, retratando a los jóvenes de barrios marginados solo como pandilleros, o a ciertas minorías religiosas únicamente como extremistas– se dificulta que el público los perciba como iguales en dignidad. Se consolida así la imagen del otro amenazante que justifica actitudes de exclusión. En Argentina, por ejemplo, un estudio sobre representaciones urbanas reveló que los habitantes de un barrio de clase media describían a la comunidad vecina de menores recursos con términos como “nido de delictuosidad y carencias”, imaginario “impregnado de peligro y miedo” que alimenta la desintegración social entre ambos grupos (Gutiérrez, 2018, p. 421). Prejuicios de este tipo –difundidos a veces por rumores, noticias sesgadas o simplemente por desconocimiento– conducen a la polarización social: “gente buena” versus “gente mala”, comunidades que dejan de interactuar entre sí más que bajo lógicas de desconfianza.
Frente a este panorama, resulta fundamental cuestionar la simplicidad de las narrativas únicas. Recuperar la pluralidad de historias acerca de cada grupo es un antídoto poderoso contra la demonización. Si los medios dedicaran más espacio a mostrar las múltiples dimensiones de, digamos, la juventud de un barrio popular –sus emprendimientos, su creatividad artística, sus aportes comunitarios– sería más difícil encerrarlos en la etiqueta unívoca de “enemigos” de la sociedad. Lo mismo vale para otros colectivos estigmatizados: migrantes, minorías étnicas, religiosas o políticas.
La comunicación ética debe esforzarse por humanizar al otro, evitando los encuadres que lo presenten únicamente como un problema. Como sugieren los especialistas en educación para la paz, es necesario “humanizar al otro y a un@ mism@” a través del contacto genuino, el diálogo intercultural y la empatía (Barbero et al., 2006, p. 17). Descubrir que el supuesto enemigo tiene, en el fondo, las mismas necesidades, miedos y esperanzas permite desmontar la construcción que lo convertía en amenaza.
Deconstruir la imagen del enemigo: hacia una narrativa de la convivencia
Entender cómo se fabrica un enemigo es el primer paso para deconstruir esa imagen. Si el proceso inicia con la percepción de amenaza a necesidades o valores, la solución comienza por examinar críticamente esa percepción. ¿Realmente está el “otro” amenazando mi existencia, o es un temor infundado o exagerado? ¿Qué intereses podrían estar detrás de quien me insiste en pintar a ese grupo como enemigo? Estas preguntas invitan a un análisis reflexivo en lugar de una reacción visceral. La educación para la paz propone estrategias pedagógicas para desmantelar la imagen del enemigo, tanto en entornos escolares como comunitarios. Ejercicios que promueven la empatía –ponerse en el lugar del otro–, el reconocimiento de la historia y el dolor ajeno, y la identificación de estereotipos en el discurso público son herramientas valiosas. Por ejemplo, intercambiar relatos de vida entre miembros de grupos enfrentados puede revelar que ambos comparten preocupaciones similares y que la mayoría de sus integrantes son gente común lejos de los extremos que la propaganda enfatiza.
En el plano sociopolítico, deconstruir al enemigo implica también desactivar la política del miedo. Esto requiere voluntad de líderes y medios para no explotar la inquietud ciudadana con fines cortoplacistas. Implica sustituir narrativas belicistas por narrativas de convivencia. Tales expresiones muestran que es posible subvertir la narrativa del enemigo y reemplazarla por la del adversario que no es un monstruo, sino un ser humano con quien se puede dialogar y, eventualmente, reconciliar.
Finalmente, construir sociedades más justas y equitativas reduce la necesidad de fabricar enemigos. Muchas veces, la figura del enemigo cumple la función de desviar la atención de problemas internos (corrupción, pobreza, desigualdad) culpando a otros de nuestros males. Si se abordan esas causas de fondo, habrá menos terreno fértil para la siembra del odio. La fabricación del enemigo prospera en contextos de inseguridad, incertidumbre o agravio no resueltos; por el contrario, en comunidades donde se garantizan derechos, se fomenta la participación y se celebra la diversidad, es más difícil señalar a un grupo como chivo expiatorio.
La imagen del enemigo es un constructo poderoso pero frágil: poderoso porque puede justificar guerras, genocidios o represiones; frágil porque depende de la ignorancia, el miedo y la unilateralidad del relato. Cada vez que nos exponemos a múltiples perspectivas –que escuchamos todas las historias, no solo la única historia– debilitamos esa construcción. Reconocer la humanidad plena del “otro” es el acto revolucionario que desarma al enemigo imaginario. Como sociedad global, el reto consiste en desaprender la lógica binaria amigo/enemigo y reemplazarla por la búsqueda de soluciones comunes a problemas comunes. Al fin y al cabo, en un mundo interdependiente y diverso, la seguridad duradera no se alcanzará erigiendo muros contra enemigos inventados, sino tendiendo puentes con antiguos adversarios y derribando los mitos que nos impiden vernos unos a otros como lo que somos: una misma humanidad.
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